¿Necesitas ver morir al animal para que te gusten los toros?
La tauromaquia podría reinventarse sin renunciar a la técnica, al riesgo ni a buena parte de su tradición. Para hacerlo, tendría que retirar del centro lo que peor ha envejecido: herir y matar sistemáticamente al toro con el beneplácito de los presentes.
En una corrida, casi todo el mundo sabe cómo va a terminar la tarde. Lo sabe el presidente de la plaza, lo sabe el torero, lo sabe el ganadero, lo sabe el público que ha pagado la entrada y lo sabe el camarero que sirve la última cerveza antes del quinto toro. Lo saben incluso los que no están.
El único que no sabe lo que le espera, o no del todo, es el toro. Sin él, la tauromaquia no existiría. Paradójicamente, es su muerte lo que quizás da sentido a todo lo demás. ¿Podría ser de otro modo? ¿Podría el toreo dejar de considerar la muerte del toro un requisito crucial?
No hace falta despreciar la tauromaquia para reconocer la obscenidad de esa ventaja. Tampoco hace falta fingir que en una plaza solo hay sangre, caspa y gente con dificultades para incorporarse al siglo XXI. Puede haber conocimiento erudito del animal, miedo administrado con admirable precisión, música o gestos técnicos milimétricamente desarrollados que tardan años en aprenderse; emoción contenida, tensión compartida y una forma extraña de silencio colectivo que no se fabrica, se siente o no. Porque hay toreros valientes y toreros malos, aficionados capaces de distinguir un pase de otro y personas que ven en la lidia algo que no cabe cómodamente en las palabras deporte, espectáculo o arte. Sí, pero también hay un animal al que se hiere para debilitarlo y se mata como colofón de todo lo demás, empañando, para una mayoría de la sociedad contemporánea, todo lo que puede haber detrás.
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