¿Y si le cambiamos el nombre a Estados Unidos?
La toponimia es una nueva afición de Trump que ya casi compite con el golf. Cuando le pica y está enfadado, le entusiasma rebautizar lagos, golfos y hasta estrechos con sus nombres favoritos: America y Trump. Proponemos un ejercicio parecido para nombrar el país que dice representar.
No es la primera vez. Tras el enésimo encontronazo con Canadá, Donald Trump ha tenido una idea tan sorprendente como cambiarle el nombre a un lago y tan previsible como ponerle su palabra favorita: America. El lago es Lake Ontario y su propuesta, tachán, es cambiarlo por Lake America. Pero eso es casi lo de menos: podría ser cualquier lago de cualquier país con el que se haya enemistado y ante el que no tema una respuesta equivalente. Además, según explicó, «no espera hacer muchos negocios con Ontario en adelante», por si quedaba alguna duda.
En enero de 2025 ordenó que la administración estadounidense pasara a llamar Gulf of America al Golfo de México. Google, cómo no, acató el dictamen en Google Maps (en Estados Unidos, para tener contento al jefe).
Trump puede ser alguien que disfruta con todo lo que es exclusivo, especialmente si tiene que ver con el poder y el dinero, pero, muy a su pesar, poner nombres es una de esas cosas extrañamente satisfactorias que hacen los humanos, con y sin poder, con y sin dinero.
A un hijo, a una mascota, a una pequeña empresa, a una canción, a una partícula recién descubierta o a algo que ya existía pero que, de pronto, creemos entender mejor con otras palabras. Y es que nombrar sirve para orientarse: permite separar una cosa de otra, reconocerla cuando vuelve a aparecer, discutir sobre ella sin tener que señalarla con el dedo, literalmente.
Pero también existe una versión bastante menos amable del mundo de poner nombres, y esa es la que le gusta especialmente a Trump. Porque si eres un bully, no necesitas que el nombre explique demasiado bien qué tienes delante, ni siquiera que intente representarlo.
Basta con que lo reduzca, lo ridiculice, lo marque como inferior o consiga que los demás empiecen a mirarlo desde el ángulo que tú has elegido.
Primero decides dónde quieres colocar a alguien y después encuentras la palabra que lo deja allí. Nenaza, marimacho, empollón, y suma y sigue.
La toponimia trumpiana va bastante en esa dirección, con un pequeño giro: primero decides con quién te llevas mal, y a quién quieres señalar, provocar, amenazar y atacar, y luego le colocas tu palabra favorita, la que representa, según tú, todo el poder que merece ser considerado en el mundo: America. Bueno, y tu propio apellido.