Pioneros en Catfulness: mindfulness con gatos
El PurrMind Center es pionero en la aplicación del Catfulness-Based Stress Reduction (CBSR), un método que incorpora a los gatos como parte esencial del tratamiento contra el estrés. El centro de Massachusetts acumula meses de lista de espera.
Es sabido que a los gatos les gustan las alturas, pero el PurrMind Center es un edificio de una sola planta, revestido de madera oscura y rodeado de amplios ventanales de cristal tintado. La doctora Nora Baird, cofundadora del centro, explica que la decisión no fue arbitraria.
«No queríamos poner redes protectoras en las ventanas. Esa limitación podía afectar negativamente a la percepción de los pacientes y también estresar a nuestros gatos».
El recinto sí está cerrado: ningún animal puede abandonarlo por sus propios medios, por su propio bien. Los pacientes, en cambio, suelen hacerlo al cabo de cuatro semanas, después de permanecer inmersos en un ambicioso programa de bienestar personal diseñado por Baird y su socio, el doctor Theo Larkin.
El CBSR, Catfulness-Based Stress Reduction, parte de una idea sencilla y, según Baird, casi revolucionaria. Lo explica con entusiasmo mientras se dirige a la entrada del centro.

«Integramos a otra especie, muy querida por muchas personas, en el cuidado de su bienestar mental y físico y en el desarrollo de su autoconciencia. Los gatos pueden hacer algo más que acompañarnos. También pueden ayudarnos a conocernos mejor y a mejorar nuestra salud».
La propuesta traslada al terreno felino principios y prácticas procedentes del mindfulness clínico, y los combina con estudios sobre estrés, conducta e interacción entre humanos y animales. Según el programa del centro, determinadas formas de relacionarse con los gatos, así como observar e imitar algunos de sus comportamientos, pueden ayudar a regular respuestas humanas asociadas al estrés.
Baird abre la puerta de cristal tintado del centro y se detiene ante una máquina cuyo pequeño rótulo informa de que solo utiliza café de cultivo ecológico. Mientras espera a que se llene el vaso, explica que el origen del PurrMind Center no está únicamente en su formación médica.
«Crecí con una madre emprendedora y muy ocupada, pero nunca permitió que el trabajo la apartara de la crianza. Aun así, desde pequeña podía notar el nivel de estrés con el que regresaba a casa. Me fascinaba verla sentarse en el suelo y empezar a jugar con su gata y conmigo. No lo llamaba terapia. Era su manera de volver a habitar el presente».
Con los años, Baird comprendió que aquel pequeño ritual doméstico no solo ayudaba a su madre a dejar atrás las dificultades del día. También le permitía recuperar fuerzas para afrontar el siguiente.
«Ese recuerdo fue uno de los motivos por los que quise estudiar, desde la ciencia y la medicina, cómo los animales pueden contribuir al bienestar humano de una manera más organizada y sistemática. Tener un gato en casa puede producir ese efecto, pero también el contrario. Si la relación no se entiende o se gestiona mal, puede generar estrés, frustración y una fuerte sensación de pérdida de control».
Recoge el café y continúa caminando.
«PurrMind integra ese aprendizaje y muchos otros. Los gatos no solo nos acompañan o nos entretienen. Si aprendemos a relacionarnos con ellos, a observarlos y también a observarnos mientras estamos con ellos, pueden ayudarnos a comprender mejor nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras reacciones».
Baird termina la frase al entrar en la Miau Room, la sala de reuniones del centro. Theo Larkin la espera sentado, sonriendo mientras acaricia a un siamés. El gato salta de sus piernas, cruza la sala y se acurruca sobre un cojín azul celeste de funda recién cambiada, encima del borde de la ventana.
Baird y Larkin saben que esa mañana les toca explicar PurrMind, y han llegado preparados. Su presencia impecable, la facilidad con la que enlazan una anécdota personal con la filosofía del centro y la precisión casi ensayada de sus intervenciones anticipan una jornada de ronroneo empresarial. Han conseguido presentar un programa de salud y bienestar como respuesta a un público estresado, confuso y sobrepasado que, además de mejorar su tono vital y aprender a gestionar emociones difíciles, puede convertir el proceso en una experiencia acariciable.
Sin interrumpir el ritmo de la conversación, Baird entrega el relato a su socio.
«Theo también llegó a los gatos mucho antes que a la medicina», dice. «Aunque su historia empezó bastante más lejos que la mía».
Esboza una sonrisa. Larkin la corresponde antes de mirar al siamés, que ya ha cerrado los ojos sobre el cojín. Respira hondo y toma el relevo.
«En Myanmar, exactamente. Tenía trece años y viajaba con mis padres, que eran grandes aficionados a recorrer Asia. Pasamos varios días en el lago Inle y visitamos Nga Phe Kyaung, un antiguo monasterio de madera construido sobre el agua. Allí, algunos monjes habían enseñado a varios gatos a saltar a través de pequeños aros».
Larkin recuerda a los monjes riendo, a los visitantes esperando su turno y a los gatos participando con una disciplina irregular. Algunos saltaban. Otros rodeaban el aro o se tumbaban antes de llegar.
«Aquello me impresionó muchísimo. No solo el ejercicio, sino la relación entre ellos. Cuando regresamos a casa, insistí hasta que mis padres aceptaron adoptar un gato. Desde entonces, el vínculo con estos animales ha atravesado prácticamente toda mi vida. Cuando empecé a estudiar medicina, no tardé en buscar una forma de acercar ambas cosas».
El relato fundacional de PurrMind posee una coherencia poco frecuente: una madre exhausta que recuperaba el presente jugando con su hija y su gata; un monasterio birmano con gatos acróbatas; dos vocaciones médicas y una entrañable especie animal que, sin haber solicitado participar, termina de cerrar la narración.
Todo encaja con una precisión que el siamés, pese a vivir ajeno a cualquier estrategia de comunicación, parece intuir antes de ponerse a lamerse el vientre con absoluta dedicación.
Durante sus estudios de Medicina, Larkin empezó a interesarse por los programas de reducción del estrés, las intervenciones asistidas con animales y la adaptación clínica de prácticas procedentes de la meditación. Baird siguió un recorrido parecido, aunque desde una formación más centrada en las respuestas fisiológicas al estrés y la regulación del sistema nervioso.
Se conocieron años después, durante un seminario sobre bienestar preventivo. Habían leído a Jon Kabat-Zinn, conocían el desarrollo del MBSR y compartían una misma curiosidad profesional: los gatos aparecían con frecuencia en investigaciones sobre compañía, apego o reducción del estrés, pero casi nunca como parte activa de un método organizado.
«Encontramos también un libro titulado Catfulness», explica Baird. «Nos pareció una propuesta encantadora, pero estaba más cerca de la filosofía cotidiana que de una disciplina médica».
Larkin asiente.
«Fue un buen punto de partida y, en cierto modo, la confirmación de que aquello podía ser algo más que un sueño. A partir de ahí nos centramos en las mediciones, los protocolos, el seguimiento clínico y el bienestar animal. Necesitábamos construir un corpus teórico riguroso y convertir aquellas observaciones en una metodología basada en evidencia empírica».
El siamés interrumpe su aseo y levanta la cabeza. Durante unos segundos, parece considerar la posibilidad de abandonar la sala. Finalmente decide que la jornada recién iniciada en PurrMind puede continuar sin su supervisión.
Son las 8.32. Las primeras actividades con los participantes comienzan después del desayuno, a las nueve y media. Hasta entonces, Baird y Larkin revisan la evolución de cada uno y distribuyen las prácticas del día.
El cambio de registro es inmediato. La complicidad permanece, pero sobre la mesa aparecen dos iPad, varias fichas impresas cubiertas de anotaciones y una agenda dividida entre nombres de pacientes, nombres de gatos y nombres de salas.

Baird empieza por Sylvie, una mujer de cuarenta y seis años que lleva doce días en el centro. Las buenas noticias, comenta, son que desde su llegada ha mejorado considerablemente. Ingresó con el sueño fragmentado y una marcada pérdida de ilusión vital, más vinculada a la falta de optimismo y de estímulos agradables que a una depresión clínica diagnosticada.
Todavía interpreta algunas reacciones de los gatos como un juicio sobre ella. Cuando uno decide ausentarse de un ejercicio o interrumpe el contacto antes de lo esperado, Sylvie tiende a atribuirlo a su «falta de energía».