Dejen que Argentina gane un rato (la semifinal)
«A los gallegos les tenemos que ganar» se oía por todo Buenos Aires tras la victoria de Argentina sobre Inglaterra. El filósofo Osvaldo lamenta la prisa. Su amigo periodista, sobrio, también.
La televisión de Osvaldo tiene un brillo radiactivo. El césped de la semifinal parece cultivado en Chernóbil; la camiseta azul oscuro de Messi, casi negra en cualquier aparato normal, adquiere relieves eléctricos casi tridimensionales, y sus botines Adidas El último tango, blancos, celestes y dorados, relucen como si alguien los hubiera sumergido en flúor. Desde los altavoces, Gustavo Kuffner, Sergio Goycochea y Martín Palermo se deshacen, ya en loop, en elogios a la épica remontada de Argentina ante Inglaterra en la semifinal del Mundial.
Olvidate del 4K, del OLED y de los ajustes automáticos según la hora del día, la luz de la habitación o el supuesto estado de ánimo del espectador. La tele funciona básicamente al cien por ciento de brillo y contraste para que Osvaldo pueda seguir las hazañas de la selección sin que la miopía y el astigmatismo marquen demasiados goles en contra, colándose por unos anteojos graduados hace ya varios años.

En la pantalla, Ismail Elfath vuelve a señalar el centro de la cancha y después se lleva el silbato a la boca. Repiten el abrazo de Lautaro Martínez con Messi, Enzo Fernández y Julián Álvarez; repiten el disparo de Enzo desde el borde del área, cuando Inglaterra todavía cree que puede sobrevivir encerrada alrededor de Pickford; repiten, sobre todo, el centro suspendido de Messi y la entrada de Lautaro por el segundo palo, el cabezazo que convierte cinco minutos de fútbol en una remontada y una semifinal en otra final del mundo.
Toca vivir en directo, desde la capital del país, cómo se está viviendo la victoria. Televisión Pública Argentina conecta casi al instante. La cámara, que baila al estilo del último tango de Messi, intenta mantener en plano a un cronista rodeado por hinchas que han decidido que el micrófono pertenece temporalmente a la nación, si es que alguna vez consideraron lo contrario. Uno le grita una respuesta antes de que termine la pregunta; otro introduce una bandera entre ambos; un tercero mira directamente a cámara, no al cronista, levanta las manos al cielo, se pone a llorar e invoca a Diego.
Osvaldo termina el mate. Yo bebo Coca-Cola Zero Zero. Es uno de los pocos amigos que entiende y respeta mi sobriedad. Él dejó el alcohol hace años, después de una pancreatitis que convirtió una recomendación médica en una orden sin demasiado margen para la interpretación. Ahora, en pleno Mundial, su casa es mi único mástil de confianza: el lugar donde puedo ver a la selección sin quedar expuesto, entre cómplices etílicos, a los anuncios de Quilmes del entretiempo y a una pausa de hidratación que para casi todos consiste en abrir otra cerveza.
Cámara al hombro, el cronista atraviesa como puede una masa ferviente de argentinos endiosados y pone el micrófono delante de un grupo:
—¡Argentina, Argentinaaaaa! ¡A los gallegoooos les tenemos que ganaaaaar!
Osvaldo pulsa un botón del control remoto y deja el volumen a cero. Suspira, tuerce el cuello y busca sobre la mesa auxiliar el paquete de Camel Box, saca torpemente un cigarrillo y lo enciende con un fósforo. Como resignado, levantando la vista y sacándose los anteojos, masculla entre dientes:
—Y hasta tienen ya una canción para la final, mientras celebran la victoria de hace apenas veinte minutos. Son como mi hija: no hace ni seis meses que soy abuelo, el bebé no puede sostenerse en pie y me dice que ya están pensando en buscarle una hermanita. Fabuloso todo, pero no entienden que a veces, para que pase algo, tiene que pasar primero un rato en el que no pase nada, ni se proyecte nada, y hay que dejar que el presente asiente lo que acaba de ocurrir.
Osvaldo me mira, no tanto en busca de aprobación como para comprobar si le sigo. Sin saber muy bien qué decir, reconozco que lo que acaba de decir no es solo de alguien que ha dedicado bastante tiempo a pensar y escribir acerca de las pulsiones, sentimientos y debilidades humanas, sino también de alguien que experimenta en carne propia y prácticamente en directo una especie de estado de los tiempos, aquello que los alemanes definieron como zeitgeist, o casi.
—Es una impaciencia rampante —reconozco—. Quizás les vendría bien un poco de mindfulness.
Al instante dudo de que Osvaldo sepa lo que es, aunque también me siento mal por mi prejuicio. Además, enseguida me demuestra que estoy equivocado.
—Ni meditación, ni cursos de vivir el presente, ni nada por el estilo. Esto no va por ahí. De lo que se trata es de que todo aquello que requiere templanza y esfuerzo para conseguirse debe y merece, al ser alcanzado, asentarse y aprehenderse antes de pensar hacia dónde se dirige o cuáles son los próximos pasos que habrá que dar. Y añado más: si es una pérdida o una derrota, con más razón debe uno detenerse en vez de caer en ocultarlo o tratar de huir hacia delante. No digo nada nuevo. Kierkegaard escribió: «La vida debe comprenderse hacia atrás, pero tiene que vivirse hacia delante». Y después añade que nunca tenemos un instante de completa quietud para colocarnos en la posición de mirar hacia atrás. Eso es lo que no dejan hacer acá. La semifinal todavía no terminó de pasar y ya la convirtieron en prólogo de la final.
Aspira el cigarrillo y contempla a los hinchas, todavía mudos, detrás del humo. Con otro clic apaga el televisor. Casi de manera imperceptible, su torso y su cabeza quedan reflejados en el cristal del televisor apagado.
—Y con una derrota, peor —continúa—. Si salís corriendo hacia lo siguiente antes de entender qué perdiste, la derrota no queda atrás. Te la llevás puesta. Si, en cambio, te relajás un poco, dejás que la sangre te baje de la cabeza y volvés a pensar en el partido, pensás: pero qué gran partido les acaba de ganar a los ingleses la selección. Las Malvinas, sí, también, pero después de la final.
Salgo de casa de Osvaldo poco después de las siete. En Callao, la boca del subte está bloqueada por una multitud que baja celebrando y vuelve a subir sin haber llegado al andén. Pocos parecen tener apuro por regresar a casa. Hay camisetas de la selección, banderas albicelestes atadas al cuello, vasos de plástico y una señora, sonriente y algo agobiada, que intenta atravesar el tumulto mientras un desconocido la proclama campeona del mundo. La línea B puede llevarme hasta Dorrego en menos de media hora.