Nadie hackeó nada: del 11-M a ChatGPT
Ministros, documentales caseros, YouTubers motivados y muchos prompts.
Antes de que los chatbots de IA empezaran a mandar tráfico a webs de propaganda rusa, antes de que investigadores de Princeton documentaran cómo el gobierno chino lleva años moldeando en silencio lo que responde ChatGPT cuando le preguntas en mandarín, y antes de que Irán usara Gemini para diseñar campañas de phishing en hebreo, hubo tiempos en que la manipulación por parte de los Estados tenía que ser, digamos, más "cara a cara": más expuesta, menos de hacker y con otro tipo de estrategia. España, hace una o dos décadas, se situó en la vanguardia de esta dudosa técnica de manipulación política. Al grano: vayamos al PP de José María Aznar a principios del milenio, al trío de las Azores y a Madrid el 11 de marzo de 2004.
El pionero Acebes
El 11 de marzo de 2004, mientras los trenes de Madrid todavía ardían, el ministro del Interior Ángel Acebes salió ante las cámaras a decir que había sido ETA. Los cuerpos de seguridad ya tenían indicios que apuntaban en otra dirección. Acebes los ignoró. No porque fuera torpe, sino por algo peor: el gobierno necesitaba una cabeza de turco como ETA, porque si contaba que los detalles que trascendían apuntaban en realidad a Al Qaeda, eso conectaba los atentados directamente con la decisión de Aznar de apoyar la invasión de Iraq, altamente rechazada a nivel popular. Faltaban tres días para las elecciones generales y, a pesar de que el PP partía como favorito, este dramático giro de los acontecimientos podía cambiar el guion completamente. Aquel empujón de Acebes, retransmitido en televisión, radio y prensa, tenía nombre, apellidos y una clara agenda electoral.
Acebes no tenía hackers ni mercenarios tecnológicos que hiciesen el trabajo sucio por él. Pero tenía algo en común con las manipulaciones que se filtran a ritmo vertiginoso a día de hoy en las guerrillas de la Inteligencia Artificial: Acebes tenía los mismos intereses que China o Rusia hoy en cuanto a imponer su versión de la verdad que le ayudase, a él y a los suyos, a mantenerse en el poder.
Para lograrlo, en aquel momento, no le quedó otra que tratar de influenciar al llamado cuarto poder —o a unos cuantos de sus integrantes—, es decir, los medios de comunicación. Con sus declaraciones acusatorias a los terroristas vascos, buscó trazar una alianza que no salió "del todo mal", porque, aunque el PP cayó derrotado en las elecciones (no todos compraron su versión), el puente entre su flagrante mentira política y los medios que se volcaron en defenderla con uñas y dientes se mantuvo bastante más que su propio final político. El Mundo publicó su primer artículo conspiratorio 39 días después del atentado, pasado un mes de las elecciones perdidas: la mochila encontrada en la comisaría de Puente de Vallecas, con una bomba sin detonar, se convertía en un "sospechoso" cabo suelto que sin duda alguna apuntaba a algún tipo de manipulación sobre "la verdad", alentando de nuevo la mano de ETA en los atentados. A esa primera "fake new" (este término estaba a años luz de existir) le siguieron años de teorías sobre policías que mentían al juez instructor, documentos falsos, declaraciones manipuladas. El propio Aznar, ya fuera del poder, seguía regando con gasolina el fuego: "Los que idearon el 11-M no están ni en desiertos remotos ni en montañas lejanas", repetía, sin acusar ya a nadie en concreto pero dejando planear la idea de que detrás había algo más que terrorismo islamista. La COPE, Libertad Digital y esRadio sostuvieron la teoría durante una década. El juez del juicio, Gómez Bermúdez, reconoció haber recibido presiones y tuvo que combatir la conspiración cada vez que los abogados intentaban colarla en la sala.
Pero aquella era "desinformación de autor". Con medios reconocibles, periodistas que firmaban y políticos identificables que hablaban una y otra vez del caso. Era un proceso caro, lento, con nombre y apellidos detrás de cada pieza.
El método de la mentira tenía límites estructurales: necesitaba periodistas dispuestos, directores cómplices y lectores que decidieran creer. A pesar de ello, el método aguantó en España casi diez años.
Finalmente, llegó una sentencia judicial que cerró el caso y la historia archivó a sus protagonistas (sin consecuencias penales, todo sea dicho).
El método había calado, y resultaba prometedor: su evolución pronto presentaría asombrosas mutaciones capaces de elevarlo a otro nivel. ¿Se puede conseguir algo parecido sin un partido político detrás, ni una redacción periodística entregada a la causa y con un presupuesto ínfimo?
Zeitgeist y los YouTubers
En 2007, un archivo de vídeo sin firma empezó a circular por foros y correos electrónicos con el título Zeitgeist. Dos horas que mezclaban mitología solar, el 11-S como operación interior y la Reserva Federal como conspiración global. Sin distribución, sin autor verificable, sin oficina en Madrid ni en ningún sitio.
Zeitgeist podía haberlo producido un iluminado, una secta o un gobierno con tiempo libre, y eso ya le daba un aura totalmente distinta, mucho más "glamour underground". Esa ambigüedad era parte de su potencia: la desinformación como objeto descubierto solo por unos pocos, sin que nadie "de los de arriba" te la haya intentado vender. Tardó años en llegar a cien millones de personas. Sin móviles ni redes sociales todavía, es todo un hito.
Imagina a un chico de diecinueve años viendo Zeitgeist en su habitación en 2009. Lo descargó de un foro porque alguien en otro foro dijo que "te abre los ojos". Lo ve dos veces. Le peta la cabeza. Se siente como Neo sentándose por primera vez ante Morfeo. Empieza a leer más, a "documentarse" por su cuenta. Encuentra comunidades desbocadas e hiperactivas las 24 horas del día en las que todo este tipo de conjeturas se desarrollan y crecen de manera explosiva. Se mete a participar, nadie le lleva la contraria, al revés, parecen estar todos en el mismo bando: un ejército de mentes inquietas y despiertas que ha logrado liberarse de las mentiras y la hipocresía del "sistema". En 2015, decidido a comunicarlo al mundo que sigue dormido, abre un canal de YouTube. En 2020 tiene cuarenta mil suscriptores que comentan como posesos cada nuevo vídeo, que suman teorías y opiniones demoledoras sobre todo aquello que circula en los márgenes y que realmente merece ser escuchado: porque alguien tiene que decir "la verdad".

El YouTuber nunca coordinó nada con ningún gobierno, ni siquiera conoce al regidor de su barrio. Nunca ha estado a sueldo de nadie con intereses por encima de él. Gana algunos euros cada mes gracias a la publicidad de YouTube (anuncios de coches, detergentes y telefonía móvil) y también recibe algunas donaciones de fieles por PayPal. Ni tan mal.
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