Disclosure Day: el viejo y blando Spielberg reparte palomitas con sabor a brócoli

A sus 79 años, el célebre director norteamericano y su ‘inocente’ invasión extraterrestre provocan tanto estupor como temblores, algo parecido a encontrarte un niño apuntándote con un revólver cargado, o a un adulto vestido de teletubbie.

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Disclosure Day: el viejo y blando Spielberg reparte palomitas con sabor a brócoli

En una noche de estreno, Steven Spielberg no se llevaba una nota tan baja del público desde 1989. La película de aquel año fue Always, un romance sobre un piloto bombero que muere en el aire y vuelve convertido en fantasma para ayudar a la mujer que amaba a rehacer su vida sin él. La crítica de la época no fue amable: una reseña del momento publicada online en Metacritic la llamó, sin anestesia, probablemente la película "más empalagosamente sentimental y manipuladora" de Spielberg, y el propio Roger Ebert dejó escrito que se la recibió como "demasiado sensiblera" y "demasiado de chicas".

En otras palabras, la última vez que el público castigó a Spielberg con tanta contundencia fue por blando, con desprecio de un machista incluido.

Treinta y siete años después, Disclosure Day iguala la calificación. CinemaScore, que no es Rotten Tomatoes ni una web donde uno entra a puntuar desde el sofá, es una empresa con sede en Las Vegas que desde 1978 hace lo más analógico que queda en la industria: la noche del estreno, en salas de veinticinco ciudades de Estados Unidos y Canadá, reparte papeletas de votación cuando el público sale de la sala. Uno dobla una pestaña para votar, de la A+ a la F —sin E, la escala salta de la D a la F, como si suspender fuera un doble salto al desastre—. Con unas cuatrocientas papeletas por película se llega a la puntuación definitiva. Conste que CinemaScore no busca determinar si la película es buena. Mide si aquellos y aquellas que han recibido con expectativa la llegada de un estreno —que han pagado para ir a verla el día de su llegada a cines— salen satisfechos o decepcionados, y cuál es el nivel de ese entusiasmo o esa decepción.

Disclosure Day sacó una B, y suena a aprobado alto, un notable, pero no lo es. En palabras del fundador de CinemaScore, Ed Mintz, ya fallecido: "las A son buenas, las B ya son temblorosas, y las C son terribles".

En ese sistema, una B es la nota del que dudó y que decidió no poner una A porque quería dejar constancia de su decepción en algunos puntos. Y para Spielberg, cuya estantería de CinemaScore está llena de A y algún A+ —E.T. tiene la máxima, una de las pocas de la historia—, esta B lo hermana con lo más bajo de su carrera: la propia Always y también Calavera de Cristal (2008), esa última la película que en su productora se ha convertido en el nombre que nadie pronuncia delante de él. La vez que Spielberg ha tocado más fondo en CinemaScore es con un C+ por A.I. (Artificial Intelligence), en 2001, el filme sobre aquel niño-robot que solo pide que lo quieran. ¿Acaso no se estaba ganando ese C+ por ser su película más ñoña?

Los críticos profesionales, aparentemente, también aprobaron con una nota decente Disclosure Day: un 80% en Rotten Tomatoes sobre unas 330 reseñas. Conviene ser honestos con lo que ese número significa, porque puede engañar. Un 81% "fresco" no es una mala nota —quiere decir que ocho de cada diez críticos la recomiendan—, pero para Spielberg es tibio: sus películas de prestigio suelen vivir en el 90 y pico. E.T. está en el 99%. Así que ni la crítica la encumbró ni la enterró; la dejó en un aprobado digno. En la misma plataforma, frente a ese 81% de la crítica, el público verificado le puso un 70%, con más de dos mil quinientas valoraciones. Es decir, ni unos ni otros la salvan "del todo" y, de hecho, el público general la considera incluso peor. Y es que dos mil quinientos espectadores que se toman la molestia de puntuar son una cifra considerable. Algunos dejaron su voto bastante ofendidos.

Esperaban una invasión alienígena con envoltorio de blockbuster y se encontraron con otra cosa: algo que en la forma podía serlo, pero que en el mensaje no tenía nada que ver con lo que el tráiler que vieron alucinados en YouTube les había prometido.

Críticos y público, después del pase, comparten una obligación tan simple como tramposa: contestar por qué una película es "buena" o "mala". No es un asunto fácil, por decirlo suavemente. Salvo que uno decida centrarse solo en lo técnico. En ese caso, Spielberg tenía las de perder con Disclosure Day.

Spoiler alert: Disclosure Day va, más o menos, así. Un técnico de ciberseguridad roba los archivos de una corporación de defensa y descubre que el gobierno lleva desde Roswell ocultando el contacto con vida extraterrestre. Hay una persecución con un Dodge Charger enganchado a un tren. También hay una corporación siniestra, un artefacto alienígena que controla mentes, una meteoróloga que empieza a leer el dolor ajeno como quien sintoniza una emisora. Durante dos horas es, exactamente, el cine pochoclero (como dicen en Argentina) de verano que uno paga a gusto por ver. Pero no fueron pocos los que, al llegar a la última media hora, habrían firmado por un reembolso, de la entrada y las palomitas. El blockbuster de final trepidante, la tensión que se resuelve con una explosión demoledora, no solo quedaba fuera: el final es de todo menos explosivo. Es tierno, como el pan Bimbo. No queda claro quién gana, quién pierde, ni qué pasa después de un clímax en el que no muere nadie y no estalla nada —salvo el fin de un paradigma de toda una civilización, aunque eso es metafórico y no cuenta con efectos especiales—. La revelación, el quiz de la película resulta ser que los extraterrestres son más buenos incluso que el pan Bimbo, mucho más: son tan buenos como el pan recién horneado.

Así que sí, hay que reconocerlo: Disclosure Day no es un thriller al uso, y termina como casi cualquier género menos como un thriller. Ahora, volvamos a la pregunta del millón: ¿es buena, es mala, es genial, es horrible?

Detector pro de fallos técnicos

Si nos centramos en los que la han demolido por los tornillos, es bastante desastrosa, y nadie les intentará quitar la razón mientras se agarran a los fallos de guion con la devoción de un perito de seguros ante un incendio doméstico. El revisor de tren que no nota el Dodge Charger accidentado que arrastra en el tren. El círculo de simbología extraterrestre que aparece en un trigal sin venir a cuento —con guiño incluido a M. Night Shyamalan, anotemos—. La idea "ridícula", escriben, de que el mundo entero se creería de golpe, en diez minutos y desde el móvil, lo que el poder llevaba décadas ocultando. Para llegar a esto basta ver la película y estar atento, sin más. Lo llamativo, más visible que un platillo sobrevolando Manhattan a mediodía, no es el fallo que señalan: es el salto argumental con el que apalean la película y a su director enteros como si Disclosure Day fuese una simple película de ciencia ficción defectuosa.

De ahí a sentenciar que Spielberg ha dinamitado su legado hay un abismo, y sin embargo lo cruzan sin despeinarse. La reseña de Boston Movie News lo formula con una elegancia que casi disimula el navajazo: Disclosure Day sería "un resumen parcial de la carrera de su legendario director", un "lío impresionantemente producido, filmado, interpretado y dirigido". Traducido: todas las piezas de un genio, ensambladas en un fracaso.

Sin disimulo, despacha la película como "sorprendentemente tonta". Y como todo crítico que sabe escribir, deja lo mejor para el postre, con una especie de nota a pie de página dirigida al director: "Nota para Spielberg: algunos estábamos contentos con haber dejado la infancia atrás".

Las cifras del cine de Spielberg

Hablemos de números, que suelen ser un indicador de la sincronía entre el agrado del público y el alcance de los filmes.

Sus dos películas anteriores fueron descalabros de taquilla. West Side Story, en 2021, recaudó 76 millones de dólares y ni llegó a cubrir el presupuesto de 100 —y, contando el año de retraso por la pandemia, necesitaba acercarse a los 300 sencillamente para cubrir pérdidas—. Hay que decir que la crítica la adoró: 93% en Rotten Tomatoes, siete nominaciones al Óscar, uno ganado. Y los pocos que fueron al cine salieron encantados —una A en CinemaScore, la nota del público entregado—. Pero fueron, precisamente, pocos: cuando Spielberg deja de lado el espectáculo, una minoría fiel lo aplaude mientras su gran público, el de las multitudes, mira hacia otro lado. Un año después, The Fabelmans —el drama en el que Spielberg cuenta su propia infancia, su padre ingeniero, su madre pianista, el divorcio que lo marcó— recaudó apenas 45 millones con una inversión de 40, y su distribuidora la mandó al alquiler digital apenas tres semanas después de su estreno nacional. Ocurría lo mismo: otra vez la crítica rendida, otra vez la mayoría de salas vacías.

Se diría que a Spielberg, cuando no trae espectáculo, lo aplaude una minoría fiel mientras su público de multitudes se queda en casa.

Ahora pongamos al lado la última que sí funcionó de verdad. Ready Player One, 2018: 583 millones en todo el mundo, su mayor éxito desde 2011 con Tintín. ¿Y de qué trataba Ready Player One? Una distopía en la que un chaval con gafas de realidad virtual derrota a una corporación malvada y se queda con la chica y salva el mundo. ¿Suena a fórmula? Nostalgia de los ochenta y los noventa (siguiendo la exitosa estela de Stranger Things) + héroes que ganan + un final apabullante. En definitiva, un espectáculo adrenalínico y pochoclero que no le pide nada al espectador salvo que se siente, disfrute y vitoree el final.

La pregunta que asoma comparando el recibimiento del público de las tres últimas películas de Spielberg antes de Disclosure Day es casi evidente: ¿le han encasillado sus seguidores hasta el punto de prohibirle salir de su zona de confort? Cuando Spielberg habla de sentimientos, e incluso se atreve a dejar de lado la ciencia ficción como en West Side Story, el público baja el pulgar y reclama su cabeza (cinematográficamente hablando). Cuando se entrega al pack de Palomitas XXL + Bebida + Barrita de chocolate, el pulgar sube, la recaudación también y le sientan de nuevo en su trono.

Y aquí es donde entra en el terreno de juego Disclosure Day y el debate pasa a una zona más pantanosa si cabe: ciencia ficción, blockbuster style, muchos aliens (algo que no gusta especialmente a los sibaritas de la crítica) y, a su vez, ternura, sensibilidad, rozando la utopía en el tramo final (cosa que, como hemos visto, no gusta especialmente a su público más fiel). Parece que Spielberg, a sus setenta y nueve años, después de dos fracasos seguidos en los que salió deliberadamente de lo que muchos esperaban de él, hizo lo último que el pragmatismo aconsejaba: metió las dos cosas en la misma película. El envoltorio de Ready Player One —la persecución, la corporación siniestra, el artefacto alienígena, el thriller de verano— y, dentro, el corazón de The Fabelmans. La gente pagó gustosamente la entrada del espectáculo y, en la última media hora, cuando el público esperaba la explosión, el gran remate de espaldas del maestro Spielberg, el veterano director les da un abrazo y cobra una factura emocional que nadie le había pedido. Sería injusto afirmar que el público rechace el riesgo artístico en abstracto o los mensajes que escapan del maniqueísmo de buenos contra malos. Lo que rechaza, muy específicamente, es que Spielberg juegue a ambos lados del tablero: que el riesgo de un mensaje que tiene varias lecturas y abre un debate casi infinito se le cuele dentro del envoltorio que compró sencillamente para pasárselo bien y refrescarse en un cine en plena ola de calor. El tráiler les vendía Ready Player One y a los ciento veinte minutos resultó ser The Fabelmans con platillos volantes.

Está claro que, con Disclosure Day, Spielberg no estaba mirando cifras a la hora de cerrar el guion y lanzarse a producirla y dirigirla. A su nivel, se puede permitir no estar pendiente de cómo tiene que sonar la caja tras la recaudación. Pero puede que lo que más rabia dé es que tampoco esté interesado en satisfacer a los que van al cine esperando ver lo que ya saben que quieren ver.

Tanto con sus celebrados éxitos en taquilla como en sus sonados fracasos, Spielberg siempre ha mirado de reojo otra cosa que no es ganar dinero ni gustar a todo el mundo. Y para ello hay que mirar fuera de la cámara: desde Encuentros en la tercera fase, en 1977, ha estado donando dinero a programas de investigación sobre la vida extraterrestre, ha hablado del asunto con presidentes, ha vuelto una y otra vez al mismo cielo, en busca de "los otros". ¿Qué ha cambiado con el paso de casi cinco décadas? En el tráiler de Disclosure Day, citado por la CNN, el mismo director lo resume en dos frases: "Antes me decía a mí mismo: ‘¿No sería maravilloso que todo esto fuera verdad?’. Ahora me digo: ‘Todo esto es verdad’".

Mientras hacía cine, y se hacía mayor, Spielberg pasaba del escepticismo de Scully a la fe de Mulder y a su icónico póster: I Want To Believe. Ahora, se ha atrevido a llevarlo a un paso incluso más allá: I Bieleve.

Porque eso es Disclosure Day, leída con generosidad: no un blockbuster más, sino algo más parecido a un testamento, un acto de fe. El cine de Spielberg siempre entretuvo, pero rara vez se conformó con entretener. Debajo del tiburón había un país entero mirándose el miedo; debajo del extraterrestre que quería volver a casa había un niño de padres divorciados. La ciencia ficción fue siempre su manera de meter de contrabando el contenido emocional dentro del cubo de palomitas. Con Disclosure Day, cansado del contrabando, pone la merca directamente encima de la mesa, a plena luz, sin envoltorio que le permita cruzar los controles que no levantan sospechas entre críticos y seguidores. Un director que podría haberse despedido con fuegos artificiales elige despedirse con un canto al optimismo ante lo desconocido, al futuro mejor que llega, y ahí está lo que puede doler más: no ganar una sangrienta y espeluznante guerra interestelar sino, precisamente, dejar las armas a un lado y ponerse a escuchar. Y la estacada final: su merca emocional se muestra sin la protección de la ironía, que a día de hoy es el único registro que el público perdona, como claramente se vio en Mickey 17. Escuchad, y preguntaos de una vez por todas algo que la especie humana lleva tiempo ocultándose a sí misma, y pagando un precio altísimo por ello. En palabras del mismo Spielberg publicadas en Entertainment Weekly, "En el corazón de Disclosure Day está la pregunta: ¿adónde se ha ido toda nuestra empatía?".

Los peques también votan

Quizás E.T. pasara por película para niños, y por eso despertó también la ternura de padres y de la audiencia en general, no sin cierta condescendencia, como el mundo adulto ve, en muchas ocasiones, a niños y niñas. Respecto a la empatía y la infancia, quizás lo único que les queda a los adultos de este reducto emocional es, precisamente, cuando asoman los miedos, dudas e inquietudes de los más pequeños, intentar "apaciguarles" con una sonrisa y una explicación superficial que no "hiera" sus sentimientos. Los adultos, a la hora de tratarse entre sí, de discutir, de compartir y de proyectar un futuro en común, la pregunta de Spielberg acerca de la empatía (que, sobra decir, no es retórica) cobra más fuerza que nunca, y sitúa a la especie humana ante un verdadero thriller "basado en hechos reales". ¿Qué queda de la empatía en el mundo adulto a día de hoy? ¿Podemos seguir viviendo así algunas décadas más (como mucho) sin acabar con el planeta y con nosotros mismos?

Nadie discute que hay cosas de la infancia que uno celebra haber dejado atrás. El pensamiento mágico, el berrinche, la incapacidad de esperar, la certeza de ser el centro del mundo. Crecer es, en buena medida, deconstruir todo eso, y tiene sus ventajas. Por ejemplo, se pueden disfrutar los blockbusters trepidantes, y no hay nada de malo en querer una persecución bien rodada, un villano con acento británico y dos horas de aire acondicionado, palomitas y una Coca-Cola enorme con hielo a rebosar. Esa parte del contrato Spielberg la firma sin problema: por eso hay un Dodge Charger enganchado a un tren.

El problema es qué más se queda por el camino cuando uno se adentra en la adultez. Porque no todo lo que se abandona al crecer merece ser abandonado per se y, entre otros, el crítico de Boston parece haberlo olvidado.

Porque podemos resumir torpemente a los niños como "seres ingenuos a los que es fácil engañar o impresionar", pero son mucho más que eso. Son capaces de llorar al ver a otro niño llorar, son capaces de sonreír por ver a otro sonreír, sencillamente por pura conexión.

En pocas palabras, son un festival de la ternura y la empatía. Y estas capacidades no son mera ingenuidad o inocencia, son algo muchísimo más valioso que está en nuestros propios genes y naturaleza, y lamentablemente algo que, precisamente por el hecho de convertirnos en adultos, nos vemos obligados a desconectar.

Lo sabemos, y no por intuición, sino por experimento. Hace casi treinta años, la psicóloga del desarrollo Alison Gopnik —de Berkeley, la investigadora que enterró para siempre la idea del bebé como una simple página en blanco— sentó a una serie de niños de catorce y dieciocho meses frente a dos cuencos. En uno, galletas saladas con forma de pez. En otro, brócoli crudo. Todos los bebés, previsiblemente, adoraban las galletas y detestaban el brócoli. Entonces la investigadora probó de los dos cuencos, y fingió el gusto opuesto: puso cara de asco al probar las galletas y cara de placer cuando comió el brócoli. Después extendió la mano y les pidió a los peques: dadme un poco de brócoli.

Los de catorce meses le dieron igualmente las galletas. No concebían todavía que otro ser humano pudiera querer algo distinto de lo que ellos querían; le daban lo que a ellos les gustaba, porque el mundo entero, razonaban, tenía que querer lo mismo. En vez de negarse a compartir lo que a ellos les gustaba (egoísmo en terminología adulta), no solo le daban lo que a ellos no les gustaba (el brócoli) sino que compartían directamente su tesoro, las galletitas. Pero los de dieciocho meses hacían algo todavía más asombroso. Ponían cara de perplejidad (nunca habían visto a nadie tan raro como para preferir algo tan horrible como brócoli crudo), y acto seguido le tendían el brócoli, muy a su pesar. Habían entendido, antes de saber hablar del todo, una de las verdades más difíciles que existen: que el otro no soy yo, que quiere cosas que yo no quiero, y que puedo actuar en función de su deseo y no del mío, aunque no acabe de entenderlo. Gopnik bien pudiese haberlo resumido del siguiente modo: aunque no me guste a mí, si el otro me lo pide porque le ayuda, se lo doy, porque confío.

Todo ello indica que la empatía no es el premio de la madurez, sino todo lo contrario: es el equipamiento de serie y, al madurar, se nos queda obsoleto.

Spielberg y la (polémica) búsqueda del ingrediente secreto

El experimento de Spielberg con Disclosure Day fue más arriesgado que el de Gopnik, y a pesar de eso decidió que merecía la pena asumir las consecuencias. Como genio malabarista que es gracias a su enorme trayectoria cinematográfica, el cineasta presentó, en una misma película, una nueva receta: galletitas saladas dos horas, y media hora de brócoli bien crudo, sin avisar, cambiando uno por otro sin que el público se diese cuenta de primeras. Para disfrutar las galletitas basta con abrir la bolsa de plástico y meter la mano.

Lógicamente, cualquier niño, y cualquier adulto, sabe hacer eso. El brócoli, por contra, debe ser cocinado para ser comido y, además, para que cobre sentido su disfrute, es preciso combinarlo con otras verduras, salsas o ingredientes. Si conocemos sus saludables propiedades, que no se ven a simple vista, comerlo se hace todavía más apetitoso.

En vez de niños, eran adultos los que estaban, metafóricamente, delante de Spielberg. Ante el truco del director, muchos de ellos querían seguir con el atracón de galletitas durante la media hora final, solo galletas, en vena, todo el rato. Una de las diferencias más significativas y valiosas de un adulto respecto a un niño, y es algo que sí se aprende y que no lleva el ser humano en su ADN, es la capacidad de cuestionar, de preguntar por qué. Los niños, de hecho, cuando aprenden el mecanismo, lo usan de manera tan abusiva que pierde su sentido, quieren saber el porqué de todo sin estar preparados para entenderlo. Será ya en otra etapa de madurez —con suerte— que aprenderán que, por mucho que insistan, no todo tiene explicación, y para ello toca aplicar otro de los delicados regalos que llegan después de la mayoría de edad: interpretar, suponer, plantear hipótesis, reflexionar, y quizás elegir algo porque no hemos encontrado una respuesta más convincente, a sabiendas de que esta puede no ser cierta.

Apliquemos el contexto, otro atributo adulto bien útil: Spielberg filmó el Holocausto en La lista de Schindler, la esclavitud en Amistad, la carnicería del desembarco de Normandía en Salvar al soldado Ryan. No es un hombre al que haya que explicarle de qué es capaz la especie en el peor de los sentidos. Se ha atiborrado de brócolis crudos (o peor, caducados), cámara al hombro. Ha pasado cincuenta años mirando de frente lo peor que hemos hecho, y termina su carrera dándonos, u ofreciendo, una bolsa repleta de galletas saladas y una ración de brócoli. Y la pregunta: ¿por qué se decide Spielberg por este extraño 2 por 1 experimental? ¿Porque es generoso y quiere dar todo lo que tiene? ¿Porque es un cortarrollos? ¿Porque es viejo y tiene fallos de memoria y se ha liado con la receta?

La respuesta la tienen las madres, cuando enseñan, y se preocupan por el futuro de sus hijos: si quieres galletas, bien, pero tendrás que comer luego el brócoli. El niño malcriado se queja, el niño obediente asiente, el niño que confía en su madre intenta entender.

Cuando te emancipas, puedes comer lo que te dé la gana. Pero si a los cuarenta años sigues atiborrándote a base de galletas saladas, ni tu barriga ni tu colesterol te lo van a perdonar. Spielberg, al ofrecer al público ambas cosas, ni está aleccionando ni está haciendo de madre. Está, aunque no sea evidente, tratándonos como adultos, o lo que él entiende como tal: un buen chute de sal y harina, y luego digerimos, procesamos y reposamos el atribulado sistema digestivo con un platito de brócoli. Ya podéis imaginar cómo reacciona, ante esta propuesta, el "adulto" malcriado.

"Con el mundo que plantean [en Disclosure Day], mi cinismo Gen-X iba con que ganaran los villanos, o que estallara la III Guerra Mundial, o que los aliens nos mataran a todos de la faz del planeta, luego, buen viaje".

Así reza una reseña en Letterboxd, tan real como la vida misma, que le deja una nota de 2.5 estrellas. Y es que una vida con barra libre de pochoclos y sobredosis de galletas saladas con forma de pez es lo que tiene: cuanto antes mueras, antes dejarás de sufrir, antes dejarás de sentir, en lo más hondo de tus entrañas, que deberías haberte cuidado más, pero que ya es tarde. Hablamos de un espectador que celebra una extraña lucidez conocida también como "por lo que me queda en el convento, me cago dentro". En otras palabras, si quieres que escuche, yo subo el volumen y que te den.

Grow up... And listen?

Puede que el día en el que realmente te haces un poco más mayor es cuando te cae un jarro de agua fría el día que menos te lo esperas: "Los Reyes son los padres". El día en el que dejas de creer, en el que te cuesta seguir fingiendo entusiasmo la noche antes de los regalos, porque la magia ya no está. Pero el destino de la Humanidad no depende de la magia, ni tan siquiera de la suerte; desde hace miles de años, depende de nosotros mismos, de cómo nos organizamos, de cómo nos queremos y de cómo nos odiamos. Estamos, en boca de Sartre, condenados a ser libres. Si el convento no nos convence podemos buscar otra cosa, no hace falta dejar un souvenir en el suelo a los que siguen ahí.

El alien del final de Disclosure Day se comunica en clics y tonos binarios; es una criatura que aparece en escena en silla de ruedas, frágil, con una leve sonrisa, los ojos humedecidos.

Parece una sorprendente mezcla entre El Dalái Lama y Stephen Hawking, y es que la película sirve la comparación en bandeja.

Sí, el ser más poderoso del universo llega en silla de ruedas, susurra y sonríe, y parece ver a la humanidad con la ternura de un abuelo a sus nietos. De joven, si hubiese querido —y esa reflexión no la comparte ninguna reseña— podría haber destruido la Tierra en un pestañeo. Pero no lo hizo. Hay personas en la Tierra —la mayoría hombres, que quede claro—, que podrían destruirla con solo pulsar un botón. Si no lo hacen, es básicamente porque su poder y su dinero dependen de amenazar constantemente con que lo van a pulsar.

Hay otras formas de poder, ni blandos ni duros, literalmente "otros", de otra naturaleza y con otros fines. Y pueden ir en silla de ruedas o llevar túnicas de tonos anaranjados.

Stephen Hawking se dedicó a la ciencia y no a la guerra, y el Dalái Lama a intentar hacer entender el budismo y expandir el mensaje del Tíbet oprimido en vez de intentar montar una especie de Corea del Norte II. ¿Por qué no lo hicieron? Sencillo, porque no quisieron. Porque creían que podían hacer algo mejor. ¿Por qué Spielberg no bombardeó ni exterminó ni invadió en su última película? Sencillo (aunque no fácil): porque confía en que alguien al otro lado de la pantalla entenderá que el ingrediente secreto, ni dulce, ni salado, ni crudo, que hace que esto de lo humano tenga algo de sentido no se come ni se traga (como el orgullo), si no que se hace, y se hace casi haciendo lo mínimo, incluso dejar de hablar. ¿Qué es lo que queda? Lo han adivinado: escuchar.