Disclosure Day: el viejo y blando Spielberg reparte palomitas con sabor a brócoli
A sus 79 años, el célebre director norteamericano y su ‘inocente’ invasión extraterrestre provocan tanto estupor como temblores, algo parecido a encontrarte un niño apuntándote con un revólver cargado, o a un adulto vestido de teletubbie.
En una noche de estreno, Steven Spielberg no se llevaba una nota tan baja del público desde 1989. La película de aquel año fue Always, un romance sobre un piloto bombero que muere en el aire y vuelve convertido en fantasma para ayudar a la mujer que amaba a rehacer su vida sin él. La crítica de la época no fue amable: una reseña del momento publicada online en Metacritic la llamó, sin anestesia, probablemente la película "más empalagosamente sentimental y manipuladora" de Spielberg, y el propio Roger Ebert dejó escrito que se la recibió como "demasiado sensiblera" y "demasiado de chicas".
En otras palabras, la última vez que el público castigó a Spielberg con tanta contundencia fue por blando, con desprecio de un machista incluido.
Treinta y siete años después, Disclosure Day iguala la calificación. CinemaScore, que no es Rotten Tomatoes ni una web donde uno entra a puntuar desde el sofá, es una empresa con sede en Las Vegas que desde 1978 hace lo más analógico que queda en la industria: la noche del estreno, en salas de veinticinco ciudades de Estados Unidos y Canadá, reparte papeletas de votación cuando el público sale de la sala. Uno dobla una pestaña para votar, de la A+ a la F —sin E, la escala salta de la D a la F, como si suspender fuera un doble salto al desastre—. Con unas cuatrocientas papeletas por película se llega a la puntuación definitiva. Conste que CinemaScore no busca determinar si la película es buena. Mide si aquellos y aquellas que han recibido con expectativa la llegada de un estreno —que han pagado para ir a verla el día de su llegada a cines— salen satisfechos o decepcionados, y cuál es el nivel de ese entusiasmo o esa decepción.

Disclosure Day sacó una B, y suena a aprobado alto, un notable, pero no lo es. En palabras del fundador de CinemaScore, Ed Mintz, ya fallecido: "las A son buenas, las B ya son temblorosas, y las C son terribles".
En ese sistema, una B es la nota del que dudó y que decidió no poner una A porque quería dejar constancia de su decepción en algunos puntos. Y para Spielberg, cuya estantería de CinemaScore está llena de A y algún A+ —E.T. tiene la máxima, una de las pocas de la historia—, esta B lo hermana con lo más bajo de su carrera: la propia Always y también Calavera de Cristal (2008), esa última la película que en su productora se ha convertido en el nombre que nadie pronuncia delante de él. La vez que Spielberg ha tocado más fondo en CinemaScore es con un C+ por A.I. (Artificial Intelligence), en 2001, el filme sobre aquel niño-robot que solo pide que lo quieran. ¿Acaso no se estaba ganando ese C+ por ser su película más ñoña?
Los críticos profesionales, aparentemente, también aprobaron con una nota decente Disclosure Day: un 80% en Rotten Tomatoes sobre unas 330 reseñas. Conviene ser honestos con lo que ese número significa, porque puede engañar. Un 81% "fresco" no es una mala nota —quiere decir que ocho de cada diez críticos la recomiendan—, pero para Spielberg es tibio: sus películas de prestigio suelen vivir en el 90 y pico. E.T. está en el 99%. Así que ni la crítica la encumbró ni la enterró; la dejó en un aprobado digno. En la misma plataforma, frente a ese 81% de la crítica, el público verificado le puso un 70%, con más de dos mil quinientas valoraciones. Es decir, ni unos ni otros la salvan "del todo" y, de hecho, el público general la considera incluso peor. Y es que dos mil quinientos espectadores que se toman la molestia de puntuar son una cifra considerable. Algunos dejaron su voto bastante ofendidos.
Esperaban una invasión alienígena con envoltorio de blockbuster y se encontraron con otra cosa: algo que en la forma podía serlo, pero que en el mensaje no tenía nada que ver con lo que el tráiler que vieron alucinados en YouTube les había prometido.
Críticos y público, después del pase, comparten una obligación tan simple como tramposa: contestar por qué una película es "buena" o "mala". No es un asunto fácil, por decirlo suavemente. Salvo que uno decida centrarse solo en lo técnico. En ese caso, Spielberg tenía las de perder con Disclosure Day.
Spoiler alert: Disclosure Day va, más o menos, así. Un técnico de ciberseguridad roba los archivos de una corporación de defensa y descubre que el gobierno lleva desde Roswell ocultando el contacto con vida extraterrestre. Hay una persecución con un Dodge Charger enganchado a un tren. También hay una corporación siniestra, un artefacto alienígena que controla mentes, una meteoróloga que empieza a leer el dolor ajeno como quien sintoniza una emisora. Durante dos horas es, exactamente, el cine pochoclero (como dicen en Argentina) de verano que uno paga a gusto por ver. Pero no fueron pocos los que, al llegar a la última media hora, habrían firmado por un reembolso, de la entrada y las palomitas. El blockbuster de final trepidante, la tensión que se resuelve con una explosión demoledora, no solo quedaba fuera: el final es de todo menos explosivo. Es tierno, como el pan Bimbo. No queda claro quién gana, quién pierde, ni qué pasa después de un clímax en el que no muere nadie y no estalla nada —salvo el fin de un paradigma de toda una civilización, aunque eso es metafórico y no cuenta con efectos especiales—. La revelación, el quiz de la película resulta ser que los extraterrestres son más buenos incluso que el pan Bimbo, mucho más: son tan buenos como el pan recién horneado.
Así que sí, hay que reconocerlo: Disclosure Day no es un thriller al uso, y termina como casi cualquier género menos como un thriller. Ahora, volvamos a la pregunta del millón: ¿es buena, es mala, es genial, es horrible?
Detector pro de fallos técnicos
Si nos centramos en los que la han demolido por los tornillos, es bastante desastrosa, y nadie les intentará quitar la razón mientras se agarran a los fallos de guion con la devoción de un perito de seguros ante un incendio doméstico. El revisor de tren que no nota el Dodge Charger accidentado que arrastra en el tren. El círculo de simbología extraterrestre que aparece en un trigal sin venir a cuento —con guiño incluido a M. Night Shyamalan, anotemos—. La idea "ridícula", escriben, de que el mundo entero se creería de golpe, en diez minutos y desde el móvil, lo que el poder llevaba décadas ocultando. Para llegar a esto basta ver la película y estar atento, sin más. Lo llamativo, más visible que un platillo sobrevolando Manhattan a mediodía, no es el fallo que señalan: es el salto argumental con el que apalean la película y a su director enteros como si Disclosure Day fuese una simple película de ciencia ficción defectuosa.
De ahí a sentenciar que Spielberg ha dinamitado su legado hay un abismo, y sin embargo lo cruzan sin despeinarse. La reseña de Boston Movie News lo formula con una elegancia que casi disimula el navajazo: Disclosure Day sería "un resumen parcial de la carrera de su legendario director", un "lío impresionantemente producido, filmado, interpretado y dirigido". Traducido: todas las piezas de un genio, ensambladas en un fracaso.
Sin disimulo, despacha la película como "sorprendentemente tonta". Y como todo crítico que sabe escribir, deja lo mejor para el postre, con una especie de nota a pie de página dirigida al director: "Nota para Spielberg: algunos estábamos contentos con haber dejado la infancia atrás".
Las cifras del cine de Spielberg
Hablemos de números, que suelen ser un indicador de la sincronía entre el agrado del público y el alcance de los filmes.
Sus dos películas anteriores fueron descalabros de taquilla. West Side Story, en 2021, recaudó 76 millones de dólares y ni llegó a cubrir el presupuesto de 100 —y, contando el año de retraso por la pandemia, necesitaba acercarse a los 300 sencillamente para cubrir pérdidas—. Hay que decir que la crítica la adoró: 93% en Rotten Tomatoes, siete nominaciones al Óscar, uno ganado. Y los pocos que fueron al cine salieron encantados —una A en CinemaScore, la nota del público entregado—. Pero fueron, precisamente, pocos: cuando Spielberg deja de lado el espectáculo, una minoría fiel lo aplaude mientras su gran público, el de las multitudes, mira hacia otro lado. Un año después, The Fabelmans —el drama en el que Spielberg cuenta su propia infancia, su padre ingeniero, su madre pianista, el divorcio que lo marcó— recaudó apenas 45 millones con una inversión de 40, y su distribuidora la mandó al alquiler digital apenas tres semanas después de su estreno nacional. Ocurría lo mismo: otra vez la crítica rendida, otra vez la mayoría de salas vacías.
Se diría que a Spielberg, cuando no trae espectáculo, lo aplaude una minoría fiel mientras su público de multitudes se queda en casa.
Ahora pongamos al lado la última que sí funcionó de verdad. Ready Player One, 2018: 583 millones en todo el mundo, su mayor éxito desde 2011 con Tintín. ¿Y de qué trataba Ready Player One? Una distopía en la que un chaval con gafas de realidad virtual derrota a una corporación malvada y se queda con la chica y salva el mundo. ¿Suena a fórmula? Nostalgia de los ochenta y los noventa (siguiendo la exitosa estela de Stranger Things) + héroes que ganan + un final apabullante. En definitiva, un espectáculo adrenalínico y pochoclero que no le pide nada al espectador salvo que se siente, disfrute y vitoree el final.
La pregunta que asoma comparando el recibimiento del público de las tres últimas películas de Spielberg antes de Disclosure Day es casi evidente: ¿le han encasillado sus seguidores hasta el punto de prohibirle salir de su zona de confort? Cuando Spielberg habla de sentimientos, e incluso se atreve a dejar de lado la ciencia ficción como en West Side Story, el público baja el pulgar y reclama su cabeza (cinematográficamente hablando). Cuando se entrega al pack de Palomitas XXL + Bebida + Barrita de chocolate, el pulgar sube, la recaudación también y le sientan de nuevo en su trono.
Y aquí es donde entra en el terreno de juego Disclosure Day y el debate pasa a una zona más pantanosa si cabe: ciencia ficción, blockbuster style, muchos aliens (algo que no gusta especialmente a los sibaritas de la crítica) y, a su vez, ternura, sensibilidad, rozando la utopía en el tramo final (cosa que, como hemos visto, no gusta especialmente a su público más fiel). Parece que Spielberg, a sus setenta y nueve años, después de dos fracasos seguidos en los que salió deliberadamente de lo que muchos esperaban de él, hizo lo último que el pragmatismo aconsejaba: metió las dos cosas en la misma película. El envoltorio de Ready Player One —la persecución, la corporación siniestra, el artefacto alienígena, el thriller de verano— y, dentro, el corazón de The Fabelmans. La gente pagó gustosamente la entrada del espectáculo y, en la última media hora, cuando el público esperaba la explosión, el gran remate de espaldas del maestro Spielberg, el veterano director les da un abrazo y cobra una factura emocional que nadie le había pedido. Sería injusto afirmar que el público rechace el riesgo artístico en abstracto o los mensajes que escapan del maniqueísmo de buenos contra malos. Lo que rechaza, muy específicamente, es que Spielberg juegue a ambos lados del tablero: que el riesgo de un mensaje que tiene varias lecturas y abre un debate casi infinito se le cuele dentro del envoltorio que compró sencillamente para pasárselo bien y refrescarse en un cine en plena ola de calor. El tráiler les vendía Ready Player One y a los ciento veinte minutos resultó ser The Fabelmans con platillos volantes.
Está claro que, con Disclosure Day, Spielberg no estaba mirando cifras a la hora de cerrar el guion y lanzarse a producirla y dirigirla. A su nivel, se puede permitir no estar pendiente de cómo tiene que sonar la caja tras la recaudación. Pero puede que lo que más rabia dé es que tampoco esté interesado en satisfacer a los que van al cine esperando ver lo que ya saben que quieren ver.
Tanto con sus celebrados éxitos en taquilla como en sus sonados fracasos, Spielberg siempre ha mirado de reojo otra cosa que no es ganar dinero ni gustar a todo el mundo. Y para ello hay que mirar fuera de la cámara: desde Encuentros en la tercera fase, en 1977, ha estado donando dinero a programas de investigación sobre la vida extraterrestre, ha hablado del asunto con presidentes, ha vuelto una y otra vez al mismo cielo, en busca de "los otros". ¿Qué ha cambiado con el paso de casi cinco décadas? En el tráiler de Disclosure Day, citado por la CNN, el mismo director lo resume en dos frases: "Antes me decía a mí mismo: ‘¿No sería maravilloso que todo esto fuera verdad?’. Ahora me digo: ‘Todo esto es verdad’".
Mientras hacía cine, y se hacía mayor, Spielberg pasaba del escepticismo de Scully a la fe de Mulder y a su icónico póster: I Want To Believe. Ahora, se ha atrevido a llevarlo a un paso incluso más allá: I Bieleve.

Porque eso es Disclosure Day, leída con generosidad: no un blockbuster más, sino algo más parecido a un testamento, un acto de fe. El cine de Spielberg siempre entretuvo, pero rara vez se conformó con entretener. Debajo del tiburón había un país entero mirándose el miedo; debajo del extraterrestre que quería volver a casa había un niño de padres divorciados. La ciencia ficción fue siempre su manera de meter de contrabando el contenido emocional dentro del cubo de palomitas. Con Disclosure Day, cansado del contrabando, pone la merca directamente encima de la mesa, a plena luz, sin envoltorio que le permita cruzar los controles que no levantan sospechas entre críticos y seguidores. Un director que podría haberse despedido con fuegos artificiales elige despedirse con un canto al optimismo ante lo desconocido, al futuro mejor que llega, y ahí está lo que puede doler más: no ganar una sangrienta y espeluznante guerra interestelar sino, precisamente, dejar las armas a un lado y ponerse a escuchar. Y la estacada final: su merca emocional se muestra sin la protección de la ironía, que a día de hoy es el único registro que el público perdona, como claramente se vio en Mickey 17. Escuchad, y preguntaos de una vez por todas algo que la especie humana lleva tiempo ocultándose a sí misma, y pagando un precio altísimo por ello. En palabras del mismo Spielberg publicadas en Entertainment Weekly, "En el corazón de Disclosure Day está la pregunta: ¿adónde se ha ido toda nuestra empatía?".
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